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La culpa es de la vaca 2

Un gran amor

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Es difícil decir que su esposa le había recomendado salir con otra mujer, pero así era. Después de varios años de matrimonio descubrió una nueva forma de mantener viva la chispa del amor: ¡había comenzado a salir con otra mujer!

Paradójicamente, la idea era de su propia esposa. Ella le dijo:

—Tú sabes que la amas —le dijo un día, tomándolo por sorpresa...—. La vida es muy corta: ¡dedícale tiempo!

—Pero yo te amo a ti... —protestó.

—Lo sé, pero también la amas a ella.

La otra mujer, a la que su esposa quería que visitara, también lo amaba; pero las exigencias de su trabajo y sus hijos hacían que sólo pudiera visitarla ocasionalmente. Esa noche la llamó para invitarla al cine y también a cenar.

— ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? —le preguntó esa otra mujer.

Ella era el tipo de mujer para la cual una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresiva, era indicio de malas noticias.

—Creí que sería agradable pasar algún tiempo contigo —le respondió—. Los dos solitos, ¿qué opinas?

Ella reflexionó un momento y repuso: —Es verdad, me gustaría muchísimo.

Ese viernes, mientras conducía para recogerla después de su trabajo, se encontraba muy nervioso, el mismo nerviosismo que antecede a una cita... y cuando llegó a su casa vio que también estaba muy emocionada.

Ella lo esperaba en la puerta, con su abrigo puesto; se notaba que había estado en la peluquería y usaba el vestido con el cual decía haber celebrado su último aniversario de bodas. Su rostro sonreía e irradiaba luz como un ángel.

—Les dije a mis amigas que iba a salir contigo y se emocionaron mucho —le comentó, mientras subía a su automóvil. La velada prometía una noche de satisfacciones.

Fueron a un restaurante no muy elegante, pero sí acogedor. Cuando se sentaron, él le leyó el menú. Cuando iba por la mitad de las entradas, levantó la vista y notó que ella lo miraba, desde el otro lado de la mesa, con verdadero deleite, como embelesada. Una sonrisa nostálgica se deslizaba en sus labios, mientras decía:

—Era yo la que te leía el menú hace tiempo, ¿recuerdas?...

—Entonces es hora de que te relajes y me permitas devolverte el favor —respondió.

Durante la cena sostuvieron una agradable conversación, nada extraordinaria, sólo ponerse al día el uno con la vida del otro. Hablaron tanto que perdieron el cine.

—Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas invitarte —dijo ella cuando la llevó de regreso a su casa. Asintió, la besó y le dio un largo abrazo.

— ¿Cómo estuvo la cita? —quiso saber su esposa cuando regresó aquella noche.

—Muy agradable... mucho más de lo que imaginé —le contestó con una amplia sonrisa de oreja a oreja.

Días más tarde su madre murió de un infarto. Todo fue tan rápido que no pudo hacer nada.

Al poco tiempo recibió un sobre del restaurante donde había estado con una nota que decía:

La otra cena está pagada por anticipado, estaba casi segura de que no podría estar allí, pero igual pagué para los dos, para ti y tu esposa. Jamás podrás entender lo que aquella noche significó para mí. Te amo. Tu madre.

En ese momento comprendió la importancia de decir a tiempo te amo... y de darles a los seres queridos el espacio que se merecen. Comprendió que nada será más importante para las personas que te aman, y a las que amas, que darles tiempo porque ellos no pueden esperar.

¿A cuántas cenas sorpresivas estarás invitando en estos días?

¿Estás seguro que tienes el día de mañana para hacerlo?

Amor es compartir la vida. Y el tiempo es vida. Por lo tanto, compartir el tiempo con alguien es amarlo.

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